Así viven los venezolanos que procuran cobijo en Brasil FOTOS

Tema en 'Actualidad Mundial' comenzado por Dante, 7 de Marzo de 2018.

  1. Dante

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    De esta manera viven los venezolanos que procuran cobijo en Brasil s grafía 1 de 21 Planeta América Latina | Foro Perú


    La familia vive desde hace un mes en el sobretodo Tancredo Neves en Boa Vista, la capital de Roraima, a doscientos km de la frontera con Venezuela. El gimnasio fue declarado cobijo en 2017, cuando el flujo migratorio venezolano explotó instalándose en plazas, parques y esquinas de esta ciudad de 330.000 habitantes.

    Carpas, hamacas, cartones la gente duerme como puede en Tancredo Neves. Uno que otro privilegiado tiene un colchón. La ropa cuelga por todas partes.

    El espacio debería albergar como máximo a unas 180 personas, evalúa la Agencia de la ONU para los Asilados (Acnur). Pero estimaciones oficiales afirman que hay más de 600. No hay un número exacto, como tampoco lo hay de venezolanos en Boa Vista. La alcaldía calcula que son cuarenta, equivalentes a poco más del diez por ciento de su población.

    La mayoría procede del este de Venezuela. Por el oeste, más de quinientos mil ya se marcharon a Colombia, buscando mejores horizontes que los de un país rico en petróleo mas sumido en una debacle económica y social, con el gobierno de Nicolás Maduro cada vez más apartado en la escena continental.

    — Subsistir —Los 2 patios del gimnasio están empapados con el olor a madera quemada. Muchos cocinan en hogueras, empleando latas como ollas. Sopa, pasta o bien arroz con algunas verduras, aquí es la ley del plato único.

    Quienes no logran alimentos dependen de la cocina comunitaria, un pequeño espacio mal acondicionado, donde ciertos voluntarios se alternan para preparar almuerzos masivos con productos donados.

    "Eso no se puede comer", afirma Katiuska Cedeño, de 43 años, mientras que revuelve un ensopado con arroz y algunas verduras en una tiznada lata de aceite.

    Hace 4 meses dejó Venezuela con su esposo y sus 2 hijos, "para mudar de vida". Pero allí, lamenta, "no se vive sino que se sobrevive".

    Duermen en un rancho de cartón construido bajo un árbol. Una ubicación privilegiada en una ciudad donde las temperaturas rayan los 36 grados , mas que de poco servirá en abril, cuando empiecen las lluvias amazónicas.

    "La situación de los venezolanos está empeorando en esta clase de refugio porque es insalubre y fomenta el aumento de enfermedades como sarna, dermatitis, gripe, asma y alergia", advierte el doctor municipal, Raimundo de Sousa.

    — "Por el hecho de que no es Venezuela" —Al fondo del patio una gallina corre en torno a una fogata donde jóvenes hierven agua para colar café.

    "Esa gallina solo está viva porque esto no es Venezuela", dice Luis, de diecinueve años, mientras se balancea sobre una hamaca. "No sabemos en qué momento llegó, apareció aquí, es como nosotros, otra sin casa", añade Maikel, de diecisiete.

    Los voluntarios de la cocina estiran las provisiones para que todos coman. Si sobra, cosa extraña, se repite.

    A pocos metros, Mónica Becker, de treinta y uno años, se dispone a adecentar a su hijo menor, un bebé aún de brazos.

    Vendedora itinerante en la caribeña Puerto La Cruz, a más de 1.000 km de distancia, se marchó con sus dos hijos y se quedó sin dinero en la frontera, mas pudo llegar hasta Boa Vista con pasajes de caridad de la iglesia.

    La mujer está agradecida por tener donde dormir, pero lamenta el estado de los baños. El de mujeres y niños tiene cinco sanitarios, todos tapados, y el mal fragancia llega hasta la entrada.

    Las mujeres se asean con agua que recogen en potes. Los dos lavamanos sirven de estantes para poner toallas y mudas de ropa. El piso está inundado.

    Mónica llora, por haber dejado en Venezuela a su madre y su hermano. "No quería que mis hijos murieran de hambre, por eso me vine", explica.Espera que la crisis acabe, para volver.

    — Esperando el futuro —El Tancredo Neves está en un distrito de clase baja en la concurrida zona oeste de Boa Vista. Fuerzas de seguridad protegen la entrada y terminan de instalar cámaras y un sistema de brazaletes para supervisar el acceso.

    "Esto es horrible (...), no quiero esto para mis hijas", dice Norbelys Linares, que trabaja en un mercado y en una buena semana envía 20 reales (USD 6,2) para ayudar con la educación de sus hijas. "Prefiero que no coman, mas que estudien".

    Delgada, curtida por el sol y aparentando más que sus 33 años, Norbelys, que estudiaba contabilidad, anhela progresar su condición para traer a sus 2 hijas, de 9 y doce años. Tiene apenas unas cobijas y dos mochilas de las que saca una muñeca de harapo.

    "La compré para ellas", cuenta. Mas no sabe en qué momento va a poder entregárselas y la inseguridad le hace plañir. Sujeta la muñeca. "Al menos siento que las tengo acá".Fuente AFP